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Nuestro mundo emocional en medio de la pandemia

En este periodo de confinamiento que todos estamos viviendo, nos vemos confrontados a atravesar un tumulto de emociones que no son siempre fáciles de llevar.Aquello que nos era conocido y ritmaba cada día, se está desmoronando. Nos encontramos frente a la necesidad de buscar nuevos modos de relacionarnos, de organizarnos y adaptarnos, buscando secretamente no perder el equilibrio y mantenernos a flote.

MariaTeresaAvilaa

Frente a la intensidad de tantas emociones, nuestro mundo interior se nos vuelve desbordante y abrumador. El miedo, la ansiedad, la cólera, la tristeza, la frustración están más presentes que nunca, creando profundos conflictos internos que nos impiden ver la realidad con claridad y serenidad, para responder adecuadamente. De esta manera,
engendramos un círculo vicioso que nos entrena cada vez más profundamente en la confusión y el desasosiego.

Identificar, reconocer y acoger nuestras emociones es necesario si deseamos poder actuar sobre ellas y transformarlas, antes de que nos sobrepasen y creen daño, tanto en nosotros como en nuestro entorno. Recordemos que las emociones son la expresión de aquello que nos sacude al interior, dándonos así, el impulso necesario para expresarnos y relacionarnos con el otro. Son una verdadera necesidad humana de relación y de interconexión. El problema radica, en la forma en que entramos en la relación y no, en las emociones en sí mismas. El miedo y la ansiedad que hoy en día se manifiestan, nacen de la incertidumbre que esta situación sin precedentes, nos genera. Nos sentimos inseguros, alarmados, inquietos y afligidos ante un futuro incierto. Sin embargo, abandonarnos a la ansiedad, nos invade de ideas negras, que, como fantasma invisibles, amenazan y acaparan nuestros días, hundiéndonos de más en más en una dolorosa angustia, encerrándonos dentro de nuestras propias e incontrolables proyecciones mentales. De esta manera, creamos una realidad sobre la cual no tenemos ningún control.

Esta incapacidad, genera un sentimiento de frustración que nos pone frente a nuestra vulnerabilidad, despertando fácilmente, un estado de confusión y de comportamos como animales atrapados, que para defenderse y evitar que se le hagan daño, sacan los dientes muerden y agreden. Cuando herimos a quienes amamos y producimos dolor y tristeza, irrumpe en nosotros la culpabilidad, el abatimiento y la desolación porque en nuestro interior, en realidad, solo deseamos proteger y cuidar nuestros seres queridos. Desafortunadamente, atrapados en nuestra confusión, no es posible acogerlos ni ayudarlos ya que el sufrimiento psicológico nos paraliza, hasta tener incluso, consecuencias devastadoras sobre nuestra claridad mental.

A pesar de ello, si logramos identificar las emociones a partir de su “función primaria”, descubriremos que en ellas se encuentran recursos invaluables que nos orientan para actuar de manera justa frente a las situaciones difíciles que se nos presentan. Por ejemplo, si hablamos del miedo, podemos ver que su cualidad primaria es la de despertar nuestra atención y nuestra vigilancia frente al peligro real, que representa en este caso, el contagio. Es decir, nos ayuda a tener cuidado con el lavado de las manos, la higiene y el respeto del confinamiento. Estas medidas son reales, constituyen una acción real, no se basan en ideas o proyecciones sobre lo que podría pasar, no es el caso de la ansiedad. La fuerza de la cólera, proviene en realidad de una gran energía que nos permite realizar acciones eficaces. Podemos emplear esta energía realizando trabajos en los cuales podemos utilizarla. Por ejemplo, desempeñar tareas como, organizar la casa o la oficina, reparar o construir objetos, lanzarnos a crear e inventar.

La dinámica de la tristeza, por su parte, nos permite adecuarnos a las situaciones de perdida, llevándonos hacia el recogimiento y la interioridad. Este estado, puede ayudarnos para darnos el tiempo de reflexionar y prepararnos a nuevos proyectos. Por consiguiente, para manejar nuestro mundo emocional, es importante darnos el tiempo de observar lo que sucede adentro. En primer lugar, entrar en relación con nuestro cuerpo, y observar las sensaciones que se despiertan frente a cada emoción. Identificar las tensiones, los nudos, las palpitaciones, etc. De este modo nos será posible reconocerlas y familiarizarnos cuando se presenten. En efecto, aprendemos a través de la experiencia y nos ejercitamos a conectarnos con el presente, con lo real, con lo tangible. Nos permitimos entrar en relación con lo que sentimos, y lo que percibimos, sin involucrarnos. No negamos lo que sentimos, sino que tomamos distancia y creamos un espacio para respirar y detenernos antes de actuar. De este modo sera posible desarrollar las cualidades humanas positivas que nos permitan acceder a la tranquilidad, la calma y la estabilidad. Por otra parte, reconocer nuestras emociones, nos permite saber lo que sentimos y tomar conciencia de la experiencia. Este conocimiento nos ayuda también, a acoger y entender el sentimiento que experimenta el otro. Esta reciprocidad despierta en nosotros la empatía y el altruismo, cuyo valor es fundamental y necesario para generar y alimentar la armonía.

El gran especialista de la inteligencia emocional, Daniel Goleman, escribe: “Nuestros sentimientos más profundos, la pasión y el deseo interno, pueden ser guías potentes a las cuales debemos muchas veces nuestra propia existencia”. En resumen, para asegurarnos una mejor calidad de vida en estos tiempos difíciles, es primordial reconocer lo que sucede en nuestro interior; nuestros conflictos, frustraciones y contrariedades y saber reconectarnos con aquello que deseamos, en el sentido positivo, útil, agradable y benéfico, tanto para nosotros mismo como para nuestro entorno.

La mente guía nuestro cuerpo y es la base de miríadas de actividades, si no se halla despejada y lucida, emergen la confusión y la agitación. Cuando la percepción de la realidad no es clara, lo real y lo aparente se confunden. Prestar atención y examinar lo que sucede en nuestro interior, nos ayuda a cambiar nuestra mente para transformar nuestro sentir y nuestra forma de relacionarnos.

No es cambiar lo que hacemos sino, por qué lo hacemos.

Maria Teresa Shogetsu Avila
Monja Budista Zen
Arte terapeuta plástica y visual D.F.
Facilitator Learning to Live Together, Arigatou International